Hemos sido testigos de cómo las metodologías para medir la pobreza y resultados en general de la encuesta CASEN 2012 han cuestionado duramente. Esto no es historia nueva. Políticos, expertos, académicos y opinólogos de una y otra tendencia hablan repetidamente sobre las metodologías, muchas veces sin comprender del todo de qué hablan, y peor aun, en términos incomprensibles para la mayoría de las personas. Según cualquier diccionario, metodología corresponde a un conjunto de métodos utilizados en la investigación científica, y un método podemos entenderlo como el camino más afín para lograr un objetivo. Es necesario entender que los avances metodológicos en las ciencias obedecen a contextos históricos y sociales particulares, y que cuando aparecieron, se convirtieron en importantes avances científicos que solucionaron problemas específicos. De esta forma, es lógico plantear la necesidad de innovar –palabra popular en el gobierno actual- en métodos para medir variables tan importantes como niveles de pobreza. Pero la discusión no solo se debe centrar en los aspectos técnicos relacionados con la investigación.

La manipulación de datos en la encuesta CASEN es patrimonio de izquierda y derecha. Ambos, se han encontrado en la posición para defender y criticar, y a fin de cuentas, ninguno ha tenido la voluntad de corregir lo que se sabe está incorrecto. Los críticos metodólogos “puros” han sido los únicos que han mantenido consistentemente sus opiniones a lo largo de las aplicaciones de la CASEN. En ese sentido, destaco la casi nula participación en discusión por parte de la comunidad de estadísticos(as), cuestionando otros aspectos no menores de la encuesta, como representatividad, factores de expansión, errores de medición, o educando acerca de la diferencia entre parámetros y estadísticos. Muchos analistas y expertos en las reparticiones públicas, como el Ministerio de Desarrollo Social, saben que están aplicando metodologías incorrectas y desactualizadas. Sin embargo, la decisión de actualizarlas, es netamente política. Aunque el conocimiento y las capacidades de innovar en la investigación existen, no son aprovechadas y muchas veces son silenciadas por el interés del gobierno de turno de no impactar negativamente en las cifras.

Imagine que medir una variable como el nivel de pobreza es equivalente a tomar una fotografía. Por un lado, la fotografía se está tomando con un lente que no permite obtener una imagen clara, sino que solo bordes difusos de una figura distorsionada. Y por otro lado, una vez obtenida la fotografía, se está retocando con Photoshop para convertirla en una imagen clara de algo completamente distinto a la realidad. Lo primero, obtener una fotografía distorsionada, corresponde al problema de la metodología que muy bien ha sido criticado desde muchos sectores del conocimiento. Lo segundo, el retoque, es la manipulación indebida de resultados o la presentación políticamente beneficiosa de estos que los gobiernos de turno han realizado y que independiente a la metodología aplicada, es muy posible que siga ocurriendo.  Lo primero podríamos definirlo como la politización de la metodología, que es un aspecto grave. Lo segundo, es una práctica común pero que nada tiene que ver con aspectos técnicos de una encuesta, lo cual es mucho más grave. El deber de los críticos y la ciudadanía en general, es repudiar este tipo de prácticas escondidas, muy arraigadas en sectores públicos y privados. La necesidad por “maquillar” el dato a través de trucos sencillos como esconder un decimal, redondear para arriba o abajo, o cosas mas complejas como seleccionar métodos en función a lo conveniente de sus resultados o interpretar sin objetividad, hacen tanto o mas daño que el uso honesto de metodologías desactualizadas. En este sentido, el método político parece ser el incorrecto.

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