Si yo o alguno de sus conocidos maquetistas declara ser un buen maquetista, a muchos les parecería una declaración soberbia e innecesaria. Aunque muchas veces pensemos que tan buenos o malos maquetista somos, esta opinión es muy raramente exteriorizada. Dudo que haya maquetistas que no se ha cuestionado esto alguna vez en su vida. Yo me lo he cuestionado muchas veces, declarándome humildemente un buen maquetista. La razón, se las comento a continuación.

Una de las características más importantes del ser humano, es su capacidad de sociabilización. Además de esto, nuestra forma de pensar y actuar esta genética y socialmente moldeada para agrupar y clasificar. Como ejemplo, familia y amigos componen agrupaciones de individuos unidos por un rasgo en común. Desde niños nos enseñan a clasificar elements en función a su tamaño, color y otras características y somos sujetos a ser clasificados constantemente. Aunque lo neguemos, ninguno de nosotros está libre de esto. Sin entrar en debates filosóficos o religiosos al respecto, no hay nada malo en esto si es que se hace con buenas intenciones. En ese sentido, es natural clasificar una maqueta entre buena-mala, de mi gusto-no de mi gusto y otras categorías. De hecho, los concursos de maquetismo se basan en escalas para medir una serie de elementos, minimizando el elemento subjetivo al evaluar maquetas. Otros, pueden considerar que el número de ‘me gusta’ que una fotografía consigue es indicador de que tan buena es una maqueta. La simple acción de hacer clic en el botón ‘me gusta’ es un acto de clasificación (así que todos somos ‘culpables’).

Aunque para algunos esto pueda no tener mayor importancia o generar interés, aquí hay un tema un poco más profundo. El hablar de un buen maquetista es mucho más difícil. Una forma sencilla de clasificar maquetistas es considerar la calidad total de sus trabajos. Al respecto, nadie duda que Mig Jiménez sea un buen maquetista ¿Pero que queda para los demás? Bajo ese tremendamente exigente referente, todos somos malos. Claramente no es cierto y fácilmente genera frustración entre los más novatos y los que persiguen mejorar los resultados de sus maquetas. Para mí, ser un buen maquetista no tiene que ver con solo con el resultado final de una maqueta, si no que con el contexto desde donde esta viene. Para definir si somos buenos o no, debemos considerar cosas como los años de experiencia, dificultad de las maquetas que se arman y pintan, acceso a herramientas y materiales, uso de material de referencia y uso de nuevas técnicas entre otros muchos elementos que componen la identidad de un maquetista.

En otras palabras, un buen maquetista es quien logra un resultado final consistente con sus experiencias, recursos y expectativas.

A modo de ejemplo, hoy llevo más de 20 años haciendo maquetas y he tenido la suerte de adquirir recientemente un aerógrafo y una cantidad de insumos. Antes de usarlos, estudio y trato de aplicar nuevas técnicas. Mi expectativa es hacerlo mínimamente bien. El resultado final de mis maquetas no está dado por el azar ni es mágico: Es el resultado consciente y constante de la aplicación y uso (con cierto nivel de efectividad) de una serie de técnicas y de materiales. El maquetismo se aprende, y como tal es un proceso lento que implica el manejo de un portafolio de habilidades y bienes materiales. Con experiencia se comienzan a ver resultados que no son sorpresivos: Se es consciente de cómo hacerlo bien y qué se hizo mal. En este sentido, y considerando el contexto bajo el que desempeño la actividad, creo que lo hago bien. Lo podría hacer mejor, aspiro a mejorar maqueta a maqueta, pero no estoy interesado en ser portada de revistas impresas o ganar concursos internacionales por lo que tampoco lo tomo con la seriedad de un profesional.

Muchos pueden pensar que ‘yo armo para mí y no me importa lo que los demás piensen’, ‘yo hago maquetas sin pensar’ o ‘no me importa si soy bueno o malo’ ¿Entonces, cual es la importancia de esto? Esto no tiene nada que ver con cómo me clasifico en función a los demás y como ellos me clasifican (evaluación de una o más maquetas). Esto NO se trata de ser un buen maquetista para los demás, si no que ser lo suficientemente bueno para satisfacer mis propias expectativas y ser lo suficientemente maduro para admitir el límite de mis capacidades y materiales. Esto es aplicable a toda actividad que desarrollo como persona. Ahí está la virtud del maquetista. Para mí, es la más importante enseñanza que puedo extraer de una vida de maquetismo y de la cual estoy profundamente agradecido. Si no estoy contento con cómo me quedan las maquetas o si quiero mejorar, siempre hay espacio para mejorar. Si me preguntan, esto es una poderosa enseñanza de vida.

En resumen, mi visión de que significa ser un maquetista va más allá que la última maqueta terminada, sino que son todas las experiencias y recursos acumulados a través del tiempo y la forma en que son usadas. Esta idea puede extrapolarse a cualquier otro pasatiempo (todos los inspirados en valores ‘positivos’ son buenos). A modo de llamado a los más novatos, noten que en mi definición no uso la palabra ‘malo’. El maquetismo es una actividad con una curva de aprendizaje muy empinada al principio y luego el progreso se aprecia lentamente, año a año. Así que los nuevos, no se sientan frustrados: Constancia y perseverancia son las características que hacen un buen maquetista, y no la billetera. Los frutos que recogerán en el futuro son más valiosos que las maquetas terminadas, son experiencias de vida y una forma distintiva de afrontar los problemas.

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